El Nobel de 2025, la destrucción creativa y el crecimiento

El enigma del crecimiento económico

Los mecanismos que impulsan el crecimiento económico no se comprendieron en profundidad hasta el final del siglo XX. Desde los años 30 del siglo pasado los macroeconomistas se habían centrado, sobre todo, en analizar las fluctuaciones a corto plazo de la actividad económica. En 1956 tanto Solow como Swan desarrollaron de forma independiente un modelo, el Modelo de Solow-Swan, que marcó un punto de inflexión en la Teoría del Crecimiento. Esta aportación fue fundamental no tanto por sus conclusiones, no muy satisfactorias desde el punto de vista intelectual, sino porque ofreció un marco adecuado para «pensar» sobre el crecimiento. En todo caso Solow recibió el Nobel en 1987 por esta contribución.

El modelo se basa en una función de producción que presenta rendimientos decrecientes en el factor capital, lo que implica que el aumento del capital, por sí solo, no garantiza el crecimiento sostenido. El crecimiento del PIB a largo plazo solo es factible en el modelo si se incorpora el progreso técnico como una variable exógena. Fueron malas noticias para la entonces URSS, que desplegaba una estrategia de crecimiento basada esencialmente en la acumulación de capital. Así se vio con claridad a partir de 1989, con la caída del Muro de Berlín y la constatación de lo que ya se sospechaba: la actividad productiva de los países del Pacto de Varsovia era en buena medida obsoleta e ineficiente.

El crecimiento endógeno

La Teoría del Crecimiento comenzó a cambiar a finales de la década de 1980. Paul Romer publicó dos articulos muy relevantes, en 1986 y 1990, que cambiaron la forma de pensar sobre el tema. Romer destacó la importancia de la investigación y desarrollo como motor del crecimiento. En el fondo, esto ya lo había señalado Solow, pero no estaba claro cómo incorporarla al esquema general de modo que generara crecimiento dentro del modelo.

Y aquí radicó una de las intuiciones más brillantes de Paul Romer. El economista norteamericano vinculó tecnología y crecimiento endógeno al destacar un rasgo específico de la primera: el carácter de no rivalidad. Un teorema puede explicarse en millones de libros sin que se desgaste. Un código se reproduce en multitud de ficheros sin perder virtualidad. Un conferenciante puede dirigirse a un auditorio inmenso y transmitir sus ideas a los que se sientan en las últimas filas. El conocimiento, en suma, puede replicarse a un coste fijo relativamente bajo, lo que permite explotar los rendimientos crecientes presentes en la producción de un sinfín de bienes y servicios. Por esta razón, en los sectores muy dependientes de la tecnología las empresas suelen ser grandes: necesitan tamaño para beneficiarse de las economías de escala.

Los avances tecnológicos no llueven del cielo, sino que responden a un actividad deliberada y proactiva. Pero ¿por qué se dedican recursos a la investigación? Esto lo explicó Romer en su segundo artículo, en 1990. La tecnología es no rival, pero también parcialmente excluíble; los avances técnicos se protegen mediante derechos de propiedad intelectual. Tiene sentido destinar tiempo, esfuerzo y dinero a la I+D porque una parte de esa inversión se protege durante un tiempo, a través de una patente, y se rentabiliza mediante la venta de bienes y servicios que incorporan parte de ese progreso. Estas ideas le valieron a Romer el Nobel en 2018.

La destrucción creativa

A estas contribuciones siguieron los modelos de crecimiento de segunda generación, que mostraron cómo las innovaciones impulsan el crecimiento no solo a través de un aumento de la cantidad de bienes y servicios producibles (como había argumentado Romer) sino de su calidad. Los autores de estos modelos fueron Philippe Aghion y Peter Howitt a través de un trabajo publicado en 1992, y galardonados con el Nobel de Economía hace unas semanas junto con Joel Mokyr, y Gene Grossman y Elhanan Helpman, con una contribución publicada con fecha 1991 pero algo posterior, según parece, a la de Aghion y Howitt.

Aghion y Howitt formalizaron, dentro del marco de los nuevos modelos de crecimiento popularizados por Romer, una idea que ya introdujo Schumpeter en 1939: la destrucción creativa, el proceso mediante el cual una innovación convierte en obsoleta una tecnología anterior; así, una empresa innovadora puede reemplazar, total o parcialmente, a otras que ofrecían un bien o servicio parecido, aunque de peor calidad, o con menor eficiencia o a un precio más elevado. La destrucción creativa muestra cómo la actividad económica es esencialmente dinámica, no estática. La competencia obliga a moverse y superarse simplemente para no quedarse atrás, como en el famoso episodio de Alicia y la Reina narrado por Lewis Carroll. Esto puede parecer cruel, pero la economía no es un cuento de hadas, sino el resultado de la interacción de multitud de agentes en un mundo en el que los recursos son escasos y requieren esfuerzo para obtenerse.

Es cierto que las innovaciones disruptivas pueden afectar negativamente a las empresas existentes a corto plazo, pero a largo plazo generan un impacto positivo en la economía al permitir la reubicación de recursos hacia sectores más productivos, al tiempo que colaboran al desplazamiento de la frontera tecnológica y a la mejora del capital humano. Al mismo tiempo, espolean a los propietarios, gestores y empleados de los negocios ya establecidos a la superación constante, sin dormirse en los laureles de lo ya conseguido, en un mecanismo que recuerda a la selección natural. Pensemos dónde estaríamos si las herramientas de metal no hubieran sustituido a las de piedra en el Neolítico, la imprenta a los códices a mediados del s. XV, el tren a la diligencia en el s. XIX, los reactores a los aviones de hélice en el s. XX y el correo electrónico y el streaming al fax y los videos hace muy pocos decenios.

De este rápido recorrido histórico se desprende, asimismo, que en un momento dado pueden coexistir tecnologías de distintas añadas o vintages. Lo habitual es que todas presenten ventajas e inconvenientes, de modo que algunas empresas pueden decidir continuar utilizando un tiempo más o menos largo las anteriores. Y es posible que determinados nichos de clientes se sirvan mejor mediante tecnologías tradicionales. Los aviones de hélice, por ejemplo, se siguen utilizando en la aviación regional, para trayectos cortos. Algunos melómanos prefieren los discos de vinilo a Spotify. La moda rápida no ha reemplazado a la alta costura; la ha complementado abaratando las prendas. Los McDonalds son útiles para recuperar fuerzas en poco tiempo y a un precio asequible, pero no tanto para comidas de negocios.

Los emprendedores juegan un papel crucial en este proceso. Identifican necesidades todavía no satisfechas y diseñan el modo de cubrirlas. Son capaces de percibir oportunidades y de combinar recursos de manera innovadora para generar valor a sus futuros clientes. A través de su creatividad desarrollan nuevos modelos de negocio y utilizan los recursos de manera más eficiente que sus competidores, lo que fomenta el dinamismo y el desarrollo de toda la sociedad. En ocasiones ofrecen productos que ya existían, pero a un coste menor (como las aerolíneas low cost). Otras veces logran un producto nuevo combinando otros ya desarrollados, como los audiolibros. Agunos suprimen una característica que dificultaba la logística, como el Circo del Sol (que carece de animales, caros de mantener y transportar). No lo tienen fácil. Solo un porcentaje pequeño de los nuevos proyectos, en torno al 10%, se consolida y adquiere tamaño y solera; el resto perece en el denominado Valle de la Muerte (cuando los gastos se comen los fondos iniciales y las ventas todavía no generan ingresos suficientes). Parece que esta realidad va calando en los gobiernos y las instituciones en las últimas décadas, porque, al menos de palabra, tratan de apoyarlos.

La política económica en este contexto

En el modelo de crecimiento de Solow la política económica podía impulsar un aumento en el nivel de renta o de capital, pero no acelerar el crecimiento. En los modelos de crecimiento endógeno, en cambio, la política económica adquiere un protagonismo mayor: puede favorecer un entorno de dinamismo y crecimiento rápido, o puede entorpecerlo, a través de trabas burocráticas, impuestos excesivos o protección a actividades ineficientes.

Los receptores del Nobel de Economía en 2024, Acemoglu, Johnson y Robinson, han mostrado cómo la calidad institucional se asocia a la prosperidad de las naciones. Para que el crecimiento sea posible es esencial contar con ciertos elementos que faciliten la actividad empresarial, como el capital humano y la protección de los derechos de propiedad; el sistema judicial independiente, las entidades financieras eficientes, el marco legal estable, los mercados flexibles y otras instituciones políticas y económicas sólidas también juegan un papel vital, al crear un entorno propicio para los incentivos y el crecimiento.

El resultado de este proceso es un círculo virtuoso: la existencia de instituciones sólidas impulsa la aparición de nuevos emprendedores y proyectos y por tanto el crecimiento económico, lo que a su vez mejora las condiciones de vida y consolida el entorno institucional. La evidencia histórica confirma que el crecimiento económico, el marco institucional y el desarrollo social están estrechamente vinculados.

Además, y de acuerdo con la Teoría del Crecimiento Endógeno, el crecimiento de un país no está predeterminado por fuerzas externas ni por la posición geográfica que ocupa en el mundo. Depende más bien del dinamismo de sus ciudadanos, de sus instituciones y de sus políticas económicas. Cada economía, en suma, puede generar su propio crecimiento si establece las condiciones adecuadas. Este planteamiento contradice la visión pesimista ( y victimista) de la escuela estructuralista en los decenios de 1960 y 1970, que argumentaba que los países en desarrollo estaban condenados inexorablemente a la pobreza porque estaban en la periferia de las relaciones económicas, y por tanto explotados por los países del centro. La historia económica de las décadas siguientes y el ejemplo de países supuestamente en la periferia como Taiwan, Corea, China o Vietnam así lo corrobora. También el caso de los países de la antigua Europa del Este: sus datos de crecimiento pueden parecer menos espectaculares pero su renta per capita ha despegado en pocas décadas.

Las externalidades de conocimiento

Un requisito importante para el avance del conocimiento es la interacción entre los investigadores. Las ideas nuevas necesitan unas condiciones favorables para surgir y desarrollarse. Los grandes adelantos no suelen ser fruto de esfuerzos aislados sino del enriquecimiento intelectual mutuo. Y es que el contacto, la comunicación y el debate entre los científicos, ya sea en seminarios, congresos o pasillos de las universidades, es esencial para que las teorías se asienten y enriquezcan. Se percibe una vez más que, como dijo Newton, los científicos pueden ver más lejos cuando se suben a hombros de gigantes. El progreso tecnológico siempre ha requerido y continuará precisando la aportación de buenos intelectos, muchas horas de trabajo – a la luz de la vela o las bombillas LED – y las interacciones e intercambios de unos y otros, en los patios góticos de Oxford, en las plazas renacentistas de Salamanca, en las torres de cristal de Chicago o Singapur o en los edificios más modestos de universidades locales.

La experiencia de las últimas décadas también ha mostrado como la cercanía y buena relación entre la universidad y la empresa es fundamental para el progreso de la tecnología. La universidad es un terreno propicio para el cultivo de la ciencia básica (ciencia en el sentido amplio de la palabra, incluyendo a las humanidades). Pero son las empresas las que poseen el know-how y la visión necesarios para desarrollar la ciencia aplicada. Ambos campos se complementan y enriquecen mutuamente si científicos y empresas se comunican entre sí y colaboran entre ellos.

En conclusión…

Es muy interesante conocer cómo se ha gestado la visión contemporánea del crecimiento económico. En este campo, como en muchos otros, las aportaciones de unos y otros han sido complementarias; algunos recibieron el Nobel y otros no, pero muchos han sumado. Y todos han visto más lejos porque sus puntos de partida conceptuales eran más altos que los de sus predecesores.

La Teoría del Crecimiento no es solo una curiosidad vinculada a la Historia de la Ciencia, sino un conjunto de contribuciones que ha mejorado la vida cotidiana de miles de millones de personas. Con razón dijo Robert Lucas que «cuando se empieza a pensar en el crecimiento, es difícil pensar en otras cosas». Y guarda enseñanzas valiosas para empresarios, gobernantes e instituciones educativas.

La historia nos ha enseñado que el crecimiento económico de un país y la mejora de la renta per capita de sus habitantes se asocian a la configuración de un entorno favorable a la innovación y la empresa. También ha demostrado que la creatividad humana es capaz de hacer frente con éxito a problemas muy complejos. Sustituir el victimismo, las actitudes defensivas y las teorías de las conspiraciones más o menos sofisticadas por la proactividad, el dinamismo y la capacidad de aprender de los propios errores lleva al crecimiento y desarrollo de las personas, instituciones y áreas geográficas.

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