
A primeros de abril el Presidente Trump anunció subidas considerables de aranceles a las importaciones que llegan a EEUU. Las medidas han generado preocupación en todo el mundo. En un marco de incertidumbre sobre las cifras y efectos finales, los socios comerciales intentan negociar exenciones y rebajas.
Se trata de un asunto muy complejo y con un impacto potencial grande, tanto económico como político. Este post ofrece una visión general de esta situación y sintetiza algunas ideas sobre sus causas. El siguiente analiza los efectos, sobre todo para los países de América Latina.
¿Qué está ocurriendo con los aranceles?
El pasado 2 de abril la economía mundial experimentó un nuevo sobresalto. Durante el denominado Liberation Day el presidente Trump firmó varias órdenes ejecutivas que implicaban una subida considerables de los aranceles de EEUU frente a las importaciones de un gran número de países. Se fijó un arancel base del 10% (que se suma a los ya existentes). Además, se establecieron otros aranceles superiores a determinados países y regiones (145% a China, 20% a la UE, 25% a México y Canadá). La medida se había esbozado en el programa electoral, pero los incrementos fueron mucho mayores de los esperados. Asimismo, se pusieron en marcha otras medidas (sendas investigaciones sobre las importaciones de productos farmacéuticos y semiconductores) que pueden conllevar el establecimiento de barreras no arancelarias. Las principales bolsas reaccionaron con bruscas caídas.
Afortunadamente, algunos anuncios posteriores han suavizado el susto inicial. Los aranceles se han suspendido 90 días, hasta el 9 de julio de 2025, y se están alcanzando algunos acuerdos con naciones concretas, como Reino Unido y China. En virtud de este último, muy reciente, EEUU reduce los aranceles a los productos chinos del 145 al 30% y China baja del 125 al 10% los correspondientes a los artículos estadounidenses.
En general, casi todos los expertos coinciden en los efectos nocivos de los aranceles. La historia muestra que las guerras arancelarias no las gana nadie: son negativas para todos puesto que los países afectados reaccionan imponiendo nuevos aranceles. El proteccionismo conlleva la reducción en el comercio internacional, el aumento de la incertidumbre y el retraso de las decisiones de inversión; disminuye la actividad empresarial y se frena el crecimiento del PIB.
Un poco de historia: razones que explican la subida de aranceles.
Como muestra la Figura 1, en casi todo el mundo los aranceles medios cayeron progresivamente desde 1990, reduciendo distancias con los aplicados por EEUU, muy inferiores. En paralelo, los flujos de comercio internacional aumentaron significativamente. Sin embargo, en la última década el proceso se desaceleró para la generalidad de los países. En el caso concreto de EEUU, se observa que el arancel medio comenzó a subir a partir de 2016, si bien todavía está por debajo de la media mundial.
En su primer mandato, Donald Trump puso en marcha una política económica con elementos proteccionistas, concretados en la subida de aranceles (sobre todo frente a China), y también en el retroceso en varios acuerdos de libre comercio como NAFTA (suscrito entre Canadá, EEUU y México y en vigor desde 1994) y TPP.
El TPP, o Trans-Pacific Partnership, fue una propuesta de acuerdo de libre comercio que se firmó en 2016 entre economías del Pacífico, como Australia, Canadá, Chile, Japón, Malasia, Nueva Zelanda, Vietnam, Singapur y EEUU. Paradójicamente, la iniciativa fue de este último. El TPP aspiraba a hacer frente al potencial exportador de China impulsando los flujos comerciales entre los países del acuerdo. Debido a la oposición política interna, EEUU no ratificó el Tratado y lo abandonó en enero de 2017. El resto de los países negoció un nuevo acuerdo de libre comercio que entró en vigor a finales de 2019.
Figura 1. Evolución de los aranceles en la economía mundial
La liberalización comercial de las últimas décadas fue un proceso ventajoso para la mayor parte de naciones. Las exportaciones de numerosos países, sobre todo en Asia (China, India y otros del Sudeste Asiático) crecieron notablemente, lo que contribuyó al desarrollo de los exportadores. Más de mil millones de personas salieron de la pobreza en menos de tres décadas. En 1990 más de 2.000 millones de personas recibían ingresos por debajo del umbral de pobreza (medido como 2,15 dólares al día, en paridad de poder adquisitivo); en 2019 eran menos de 691 millones, según datos del Banco Mundial que pueden consultarse aquí. No solo mejoraron los ingresos monetarios, sino también un buen número de indicadores de desarrollo humano (esperanza de vida, acceso al agua potable, alfabetización, entre otros).
No obstante, la globalización ejerció un efecto negativo (y todavía poco conocido) sobre las áreas más desarrolladas (América del Norte y Europa). En síntesis, la liberalización comercial elevó la competencia en los mercados de productos y factores y facilitó la deslocalización de las actividades empresariales a territorios más competitivos. Los mercados se llenaron de bienes producidos a bajo coste, mientras los programadores europeos competían con los de India, Vietnam o China, y las manufacturas de Brasil con las de Francia o Italia.
En los países desarrollados creció la percepción de que la globalización había eliminado puestos de trabajo en la industria y frenado el incremento de los salarios. Como destaca el FMI en su último World Economic Outlook de abril de 2025, disponible aquí, la impresión puede tener fundamento, aunque probablemente también han influido otros factores, como la digitalización y la optimización de procesos. Cuando los precios subieron bruscamente por la inflación de oferta que comenzó en 2021, los salarios experimentaron una notable pérdida de poder adquisitivo, lo que elevó el descontento.
En EEUU se extendió un cierto sentimiento de injusticia: aparentemente, los acuerdos de libre comercio penalizaban a sus ciudadanos, mientras países como China incurrían en prácticas comerciales desleales impunemente vía dumping (ventas por debajo del coste de producción). Además, algunas voces reclamaron que los bienes estratégicos, desde chips a acero, se fabricaran en el propio país para proteger la seguridad nacional. Trump capitalizó estos sentimientos y articuló un discurso en el que prometía defender la producción estadounidense mediante medidas proteccionistas.
En su primer mandato, Trump impuso aranceles y sanciones para corregir el déficit comercial y favorecer la vuelta de la producción industrial a Estados Unidos. El presidente Biden no invirtió la tendencia proteccionista, sino que aumentó las barreras arancelarias correspondientes a semiconductores y coches eléctricos procedentes de China. Las exportaciones de China a EEUU se redujeron, y se reemplazaron por artículos de otros países como Corea, Vietnam o México, en parte porque un buen número de productores chinos desplazó sus plantas a estas naciones.
De cara a este segundo mandato, el presidente Trump ha anunciado que quiere continuar diseñando medidas proteccionistas para impulsar la economía doméstica.
La lucha contra el dumping y el comercio de bienes intermedios
Algunas de las reivindicaciones de EEUU sobre el dumping en China parecen legítimas. China opera con exceso de capacidad instalada y sus empresas reciben cuantiosas ayudas públicas. La OECD estima que las ayudas de China a la producción de acero son 10 veces superiores a las de los países de la OECD y 5 veces mayores que las de países que no pertenecen a la OECD. Las subvenciones permiten actuar a empresas ineficientes y generar exportaciones muy baratas, presionando a la baja el precio del acero en los mercados internacionales.
No es fácil combatir el dumping. En primer lugar, resulta complejo probar la existencia de subvenciones a la industria por parte de China. En segundo lugar, la World Trade Organization o WTO (que establece una parte de las normas que regulan el comercio entre los países) no permite prácticas discriminatorias contra estados miembros específicos, como lo es China desde 2001. Ya en 2021 EEUU trató de combatir el dumping, conjuntamente con la UE, aplicando aranceles más altos a los productos intensivos en carbón procedentes de economías intervenidas como China; de esta forma se impulsaban indirectamente prácticas menos lesivas para el medio ambiente, pero estas medidas no prosperaron.
Combatir el dumping mediante aranceles tampoco parece muy eficaz. En unas economías tan integradas como las actuales es muy difícil diseñar un esquema arancelario sin que dañe a la industria que se pretende proteger. El acero y el aluminio son ejemplos claros. En 2018 EEUU ya estableció aranceles a las importaciones de estos metales. En marzo de 2025 los aumentó al 25%. Sin embargo, algunos estudios muestran que estos aranceles impactan negativamente la industria norteamericana.
Como explica aquí el Center for Strategic and International Studies, la industria fabricante del acero en EEUU supone 80.000 empleos, mientras que a la industria que emplea el acero como materia prima corresponden 12 millones de trabajadores; el arancel da lugar a dos efectos de signo contrario, favorece a la primera (los productores de acero) en detrimento de la segunda (la industria que emplea el acero). Es factible que en este caso prevalezca el efecto neto negativo debido al gran tamaño de esta última.
Por otra parte, la producción mundial en la actualidad se distribuye por distintos países para aprovechar las ventajas competitivas de cada uno. Una proporción muy elevada del comercio internacional consiste en flujos de bienes intermedios entre países, de modo que los aranceles acaban repercutiendo en el producto final. Las subidas anunciadas con respecto a productos elaborados en Canadá y México, por ejemplo, amenazan la cadena de suministro de vehículos, muy integrada y distribuida a lo largo de América del Norte. Los tres mayores productores automovilísticos de EEUU, Ford, General Motors y Stellantis, han manifestado su descontento con las medidas pero solo han conseguido de momento algunas exenciones.
Otros aranceles encarecen la construcción de centros de datos (cruciales en estos momentos) o repercuten negativamente en toda la cadena de valor, como es el caso de los aplicados a semiconductores. Empresas como Apple, Nike y Amazon también han alertado sobre los efectos perjudiciales de los aranceles sobre la cadena de suministro y sobre los precios de los productos finales en EEUU, que subirán; el coste adicional se repartirá entre los consumidores, vía precios, y sobre los productores, vía reducción de su margen.
¿Qué hacer ante esta situación?
Ante este escenario, los socios comerciales de EEUU se enfrentan básicamente a dos alternativas: reaccionar a la defensiva, con medidas similares, o tratar de desescalar la situación. La primera vía tiene poco recorrido. Existe un consenso amplio sobre los efectos beneficiosos del libre comercio y el impacto deletéreo del proteccionismo a medio plazo para todos los socios comerciales. Parece más sensata, por tanto, la segunda vía: optar por la negociación y alcanzar acuerdos.
Esta parece ser la estrategia de la UE, que defiende el libre comercio y de momento actúa con cautela y voluntad negociadora. Los expertos recomiendan una estrategia articulada en torno a tres elementos: en primer lugar, un acuerdo bilateral con EEUU, en el que puede aportar a la negociación la desregulación progresiva de algunos sectores críticos, como ya aconsejaba el Informe Draghi. En segundo lugar, continuar batallando por la reforma de WTO, junto a otros aliados que luchen también contra el proteccionismo. Finalmente, la UE debe aumentar su red de socios y acuerdos comerciales preferenciales con Mercosur y países como Reino Unido, México, India y Malasia.
El FMI, en el World Economic Outlook de abril (presentado aquí por la Directora Gerente) recomienda empezar por poner en orden la propia casa, buscando la estabilidad fiscal y las reformas que estimulen la productividad en las áreas en las que languidece; entre estas últimas está la UE, tal y como se comentó en este post. Asimismo, recomienda a EEUU reducir el gasto público, el déficit y la deuda, y a China recortar las políticas industriales activistas y el intervencionismo, impulsando el consumo (crónicamente bajo).
En conclusión…
El comercio internacional funciona con un esquema predecible y se basa en la confianza, en mayor o menor grado, entre los socios comerciales: la agresividad y la incertidumbre no ayudan. La prioridad de todos los países en el momento actual debe ser garantizar la cooperación y, a medio plazo, reducir las barreras arancelarias y no arancelarias.
Trump cree que, en el pasado, el mundo se ha aprovechado de la apertura comercial de EEUU y quiere revertir esta situación por medio del proteccionismo; ha anunciado aranceles para defender la industria doméstica frente al incremento de la competencia, sobre todo de Asia. En un mundo tan interconectado como el actual, el proteccionismo ejerce efectos indeseados sobre los propios productores estadounidenses, además de reducir el crecimiento global. Hay serias dudas de que subir los aranceles sea una opción razonable.
Afortunadamente, parece que esta idea está calando en la Casa Blanca; gradualmente la tensión remite y se alcanzan acuerdos. En todo caso, la incertidumbre es máxima y cada paso debe ser muy meditado. Esperemos que amaine la tormenta y prevalezca la racionalidad.
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