
Según informaba aquí recientemente el periódico El español, un rascacielos neoyorkino de 45 plantas ha instalado un nuevo sistema de limpieza de cristales de última tecnología. Ozmo es un robot de la empresa Skylinerobotics que limpia cristales de forma automatizada, tres veces más rápidamente que los seres humanos. Organiza su tarea de acuerdo con una ruta óptima y modifica la presión que aplica en función del grosor del cristal. De momento trabaja en coordinación con un empleado situado dentro del edificio, pero en el futuro será totalmente autónomo.
El 75% de los limpiadores de cristales en Estados Unidos son mayores de 40 años; en paralelo, los proyectos de construcción de rascacielos de altura superior a 200 metros crecen al 176%; de acuerdo con estos datos Ozmo puede resultar un gran éxito comercial, mucho más seguro y productivo que las alternativas tradicionales.

Los ejemplos como este son abundantes. A menor escala, cuando comienza el curso académico muchos volvemos a nuestras ocupaciones con la esperanza de ser más productivos: realizar nuestras actividades de modo que logremos mejores resultados y, si es posible, con un coste de tiempo y energías menor.
La productividad es la relación entre el resultado que se obtiene de una tarea y el esfuerzo aplicado. Con términos algo más precisos, es el cociente entre el producto y el recurso (tiempo, por ejemplo) empleado para obtener ese producto. Puede calcularse para individuos, empresas, organismos o países. La productividad se mide (aunque siempre de una forma aproximada) por medio de diferentes indicadores: desde facturación por empleado a ventas por metro cuadrado o PIB por hora trabajada, entre otros.
La productividad es un elemento clave de la economía, sobre todo en el medio y largo plazo. Las diferencias en los niveles de salarios entre países se explican en buena parte por diferencias en productividad. Es difícil aumentar los niveles de bienestar de una sociedad si su economía no es más productiva. Dicho de otro modo, las mejoras en el nivel de vida solo son sostenibles en el tiempo si se asocian a incrementos en la productividad. La variable se ha comportado de un modo heterogéneo en los últimos cuarenta años y en la última década se ha desacelerado. Y las causas no están claras.
Algunas cifras
Los últimos acontecimientos han favorecido una concentración de los análisis y debates económicos sobre el corto plazo: se ha hablado mucho sobre el impacto de la pandemia de Covid-19, los shocks de oferta agregada, la evolución de la inflación y las subidas – y los tímidos recortes – de los tipos de interés, como ya explicamos en este blog. Con cierta frecuencia conviene, no obstante, considerar horizontes temporales más largos y explorar variables de carácter más estructural. Y en este proceso observamos unos datos que sorprenden. Desde 1980 hasta los primeros años del decenio de 2000 la productividad creció a un ritmo rápido, coincidiendo con la amplia difusión de las tecnologías de la información y las comunicaciones (desde programas de sofware a ordenadores personales, internet y móviles). A partir de la crisis de 2007-2008 la productividad ha avanzado a un ritmo más lento en buena parte de los países desarrollados, mientras que en algunas naciones en desarrollo parece incluso estancada.
La Tabla 1 y la Figura 1 muestran datos para EEUU y la Unión Europea. Entre 1999 y 2009 la productividad en EEUU creció a una tasa media anual del 2,29%. Sin embargo, en los años 2010-2019 la tasa media ha caído más de un punto, al 0,94%.
Tabla 1. Crecimiento medio de la productividad, EEUU y Unión Europea (porcentaje)
| 1999-2009 | 2010-2019 | 1999-2019 | |
| EEUU | 2,29 | 0,94 | 1,62 |
| UE | 1,30 | 1,23 | 1,26 |
Nota: Productividad media como output por hora trabajada a precios constantes. Fuente: OECD
A la Unión Europea no le ha ido mucho mejor. En 1999-2009 la productividad en la UE creció en media anual casi un punto menos que en EEUU, al 1,3%. Entre 2010-2019 la tasa media cayó al 1,23%. La desaceleración de la última década fue más suave en la UE que en EEUU, pero en Europa se partía de cifras de crecimiento más modestas.De hecho, y como muestra la Figura 1, la productividad en la UE solo creció a tasas superiores al 3% en muy contadas ocasiones durante los dos últimos decenios. Para el conjunto del periodo, la productividad se ha comportado mejor en EEUU, donde ha crecido al 1,62% en media anual, que en la UE, donde la variación media por año ha sido de 1,26%.
Figura 1. Crecimiento medio de la productividad, EEUU y Unión Europea (porcentaje)

Nota: Productividad media como output por hora trabajada a precios constantes. Fuente: OECD
Productividad, crecimiento y pobreza
Las cifras no son alentadoras. La desaceleración de la productividad es responsable, en parte, de la ralentización del crecimiento en la última década. Y la queja de algunos sectores de la población («vivimos peor que las generaciones anteriores«) se debe parcialmente a esta tendencia.
Hay otro factores, por supuesto, que dificultan el crecimiento de los salarios en los países desarrollados. Uno de ellos es la expansión del comercio mundial a raíz de la globalización, que ha introducido una competencia muy intensa en los mercados de bienes, servicios y factores. El impacto neto de la globalización puede calificarse de muy favorable. El gran desarrollo de los flujos comerciales y financieros desde 1990 (conjuntamente con reformas profundas del marco institucional) ha favorecido el gran aumento de la productividad en las economías emergentes (sobre todo del Sudeste Asiático), lo que se ha traducido en la salida de más de 1.000 millones de personas de la pobreza. En 1990 algo más de 2.000 millones de personas vivían por debajo del umbral de pobreza de 2,15 dólares al día (medidos en paridad del poder adquisitivo, es decir, teniendo en cuenta el nivel de precios en cada zona geográfica). En 2019 la cifra era inferior a 690,6 millones. La pobreza ha descendido en todos los continentes excepto en Africa, donde ha aumentado en unos 130 millones de personas, de acuerdo con datos del Banco Mundial (disponibles aquí).
Estas cifras sugieren que no sería razonable exagerar el presunto estancamiento del nivel de vida en los países desarrollados. No sería justo olvidar que en otras áreas geográficas la situación de la economía, y por tanto de buena parte de la población, ha mejorado sensiblemente.
Otro elemento que ha frenado la mejora del nivel de vida en un buen número de países es la reticencia a acometer reformas profundas de la economía. Algunos países europeos (entre ellos España, donde el nivel de renta por habitante en los últimos 20 años apenas ha variado) son ejemplos de esta postura. Y en este aspecto la responsabilidad no es de la globalización, sino fundamentalmente de las naciones afectadas y sus gobiernos.
En todo caso, es importante para todos los países, ya sean desarrollados o emergentes, que la productividad retorne a sendas de crecimiento más dinámico.
Posibles causas de la desaceleración de la productividad
Los modelos de crecimiento realizados a partir de 1986 han mostrado con contundencia que la innovación es fundamental para la expansión de la productividad. La idea no es nueva: ya a principios del siglo XX el economista austríaco Schumpeter destacó la importancia del progreso tecnológico, aunque sin olvidar los ajustes que provoca en las economías y las sociedades. Describió la destrucción creativa como el proceso en virtud del cual las innovaciones generan desarrollo económico al mismo tiempo que provocan la decadencia de productos o modos de trabajar obsoletos. Los productos tecnológicamente más adelantados sustituyen con éxito a los existentes. Ocurrió con el coche y la diligencia, los reproductores mp3 y las cassettes o el internet y los aparatos de fax. Todos estos avances conllevan que algunos bienes quedan desfasados, pero permiten producir bienes o servicios de modo más eficiente que sus predecesores y que el PIB en su conjunto crezca con agilidad. Estos mecanismos se han analizado profusamente en los últimos treinta años, de modo que ahora conocemos mejor la dinámica del crecimiento de la productividad. La política económica en numerosos países ha procurado facilitar la innovación, ya sea mediante incentivos directos o reformas.
De hecho, en las últimas décadas la inversión de Estados Unidos (y de otras áreas geográficas) en I+D ha crecido considerablemente. Pero el aumento de los recursos destinados a innovación no ha sido tan efectivo como se esperaba; paradójicamente, la innovación y la productividad se han desacelerado. Es evidente que algo está fallando, y las razones últimas no están claras.
Algunos investigadores, como Ufuk Akcigit, de la Universidad de Chicago, han tratado de entender mejor la cuestión a través del análisis de microdatos desagregados de empresas. Sus resultados sugieren que las empresas pequeñas son más innovadoras (en proporción al tamaño) que las grandes. Una posible explicación es la siguiente: a medida que que las empresas crecen y adquieren una posición dominante en un mercado, obtienen márgenes más elevados, de modo que sus estrategias se reorientan a mantener su posición en el mercado, al tiempo que sus incentivos a innovar se reducen. En paralelo, el talento innovador se reasigna desde las empresas más pequeñas a las grandes, que pueden ofrecer condiciones más atractivas. Akcigit sugiere, además, que las políticas industriales de apoyo a la innovación (en la forma de créditos fiscales o ayudas directas) han reforzado este proceso porque han favorecido a las empresas de más tamaño.
Michael Peters, profesor de Yale, aporta datos adicionales, que sugieren que el ritmo de entrada de nuevas empresas en la economía de EEUU también desciende. En 1980 la tasa de entrada de empresas (medida por la proporción de empresas que comenzaron su actividad ese año) fue del 13%; en 2018 cayó al 8%, según datos del US Census Bureau. Puesto que los nuevos proyectos empresariales se desarrollan normalmente en compañías pequeñas, estas cifras sugieren que las empresas norteamericanas se hacen progresivamente más grandes y menos innovadoras.
Phillipe Aghion, de la LSE, añade un elemento más. En su opinión, los avances tecnológicos de los decenios de 1980 y 1990 favorecieron el crecimiento de las empresas, porque solo la dimensión les permitía explotar las economías de escala asociadas a los costes fijos de adopción de nueva tecnología.

Finalmente, las tendencias demográficas tampoco colaboran con la innovación: el envejecimiento de la población y la caída en las tasas de la natalidad dificulta que nuevos emprendedores con ideas disruptivas se incorporen a la actividad empresarial.
A esto añade Phelps, Nobel de 2006, que percibe una caída en el dinamismo en algunas sociedades. La responsabilidad, iniciativa y creatividad a la hora de labrar cada uno su propio destino pueden estar retrocediendo (en paralelo al aumento del conformismo, el miedo al riesgo y el victimismo generado por algunas tendencias de pensamiento).
Lo que ignoramos sobre la innovación
¿Existen rendimientos crecientes o decrecientes a escala en la función de producción de nuevo conocimiento? En las aportaciones de los expertos mencionados más arriba existen implicaciones diferentes y no fácilmente conciliables a priori: Aghion subraya la presencia de costes fijos (y por tanto de rendimientos crecientes a escala) en la producción de tecnología. Este punto de vista está en sintonía el fenómeno observado en la industria aeronaútica y destacado en 1962 por Arrow: la experiencia en la realización de una tarea reduce el tiempo necesario para realizarla (learning by doing o curva de aprendizaje). Coincide asimismo con las aportaciones de Paul Romer de 1986 y 1990 y de otros economistas destacados en el marco de la Nueva Teoría del Crecimiento.
Las contribuciones de Akcigit,en cambio, apuntan a una relación inversa entre tamaño de la empresa e innovación y por tanto al papel de los rendimientos decrecientes en la producción de nueva tecnología.
Todavía no disponemos de la evidencia suficiente para caracterizar en detalle la función de produccion de nuevo conocimiento. Las razones que sustentan tanto la presencia de rendimientos crecientes como decrecientes parecen verosímiles.
Es factible que haya rendimientos crecientes en la producción de nuevo conocimiento. Newton lo expresó con una frase que pasó a la historia: vemos más lejos que las generaciones anteriores porque estamos a hombros de gigantes ( y por eso realizamos avances más radicales). Es el efecto que podría denominarse hombros de los gigantes.
Pero también es posible el fenómeno contrario: a medida que se generan y explotan nuevas ideas, resulta más difícil generar otras teorías disruptivas. Es la hipótesis que Chad Jones denomina estanque de los peces: las nuevas ideas pueden compararse a los peces que habitan un estanque, si nuestros predecesores han obtenido ya los peces mayores, quedan menos disponibles y es más difícil innovar.
No puede descartarse que ambos efectos coexistan, contrarrestándose parcial o totalmente. Si prevalece el efecto hombros de los gigantes, las empresas grandes disponen de mayor capacidad de innovar. Si es más intenso el efecto estanque de los peces, entonces son las empresas pequeñas las favoritas en la carrera por la innovación.
También es posible que los mecanismos se alternen, de modo que la introducción de una familia de nuevas tecnologías presente al principio rendimientos crecientes, pero a medida que los avances asociados son cada vez más pequeños, genere rendimientos decrecientes. Las primeras versiones de Word, Excel o Outlook facilitaron enormemente las tareas de multitud de trabajadores y elevaron drásticamente su productividad. Las últimas versiones que mejoran solo determinados comandos pueden proporcionar aumentos en el rendimiento, pero no necesariamente muy relevantes o muy generalizados. Lo mismo puede decirse de otros programas informáticos o aplicaciones y de infinidad de logros tecnológicos.
¿Hay soluciones?
Es mucho lo que todavía desconocemos sobre los procesos de innovación, por lo que no resulta fácil apuntar posibles soluciones a la desaceleración de la productividad. En todo caso no hay recetas mágicas.
En algunos ambientes prevalece un gran optimismo sobre el impacto futuro de la Inteligencia Artificial. Otros, en cambio, son más prudentes. Para Acemoglu, del MIT, la Inteligencia Artificial solo añadirá un 1% al crecimiento del PIB de EEUU en la próxima década.
Es dificil calibrar el efecto de otros avances tecnológicos. Determinados expertos sugieren que las revoluciones tecnológicas más importantes en los próximos años afectarán a los ámbitos de la biomedicina y la energía renovable. Es razonable pensar que ninguna de ellas va a dar lugar a aumentos drásticos en la productividad (aunque sí en otros aspectos, como la calidad de vida o el gasto de determinados recursos).
Lo que sí pueden hacer numerosos gobiernos, sin embargo, es favorecer las condiciones que impulsan la productividad, diseñando políticas económicas orientadas a la eliminación de obstáculos y trabas asociados a la regulación, la falta de competencia o el proteccionismo.
Estas medidas son especialmente importantes en la Unión Europea, cuyo desarrollo tecnológico está hoy por detrás de EEUU o China. La UE debe ser cuidadosa para evitar que el voluntarismo politico y la excesiva regulación continúen cercenando la eficiencia y competitividad de algunos sectores industriales, como el automovilista, atenazado por las excesivas exigencias de sostenibilidad.
Los mercados financieros europeos están todavía excesivamente fraccionados y su funcionamiento como canalizadores de recursos del ahorro a la inversión es inferior a de los norteamericanos.
La política industrial es particularmente dificil de diseñar y aplicar. La investigación reciente sugiere que la política industrial de apoyo a la innovación no han funcionado porque ha beneficiado más a las grandes empresas, favoreciendo la reasignacion de recursos de las más eficientes a las menos eficientes.
En los países en desarrollo que todavía mantienen sectores públicos sobredimensionados y abundante corrupción, buena parte de las mejoras de la productividad están vinculadas a que la iniciativa privada y las empresas asumen progresivamente ámbitos de actuación que previamente gestionaba el Estado, lo que, como bien sabemos, no realiza con especial acierto.

Algunas conclusiones preliminares
La productividad, entendida como la relación entre el resultado y el esfuerzo, es una variable clave para todas las economías. Por esta razón la desaceleración del crecimiento de la productividad en casi todos los países en los últimas dos décadas es un fenómeno preocupante.
Es cierto que en la actualidad entendemos mejor su comportamiento que hace 50 años. Sabemos que las subvenciones mal diseñadas, las posiciones de dominio, los mercados financieros fragmentados o la excesiva regulación entorpecen su crecimiento. No obstante, en muchos aspectos la productividad continúa siendo un enigma. No sabemos a ciencia cierta cómo es la función de producción de nuevo conocimiento y qué relación existe entre tamaño de las empresas e innovación.
Hoy por hoy, las actuaciones posibles por parte de los gobiernos están relacionadas con la eliminación de las trabas que frenan el crecimiento de la productividad y el fomento de la competencia y la eficiencia en los mercados de factores y de productos. Y, como dice Phelps, es posible que en el futuro sea preferible hacer menos énfasis en la necesidad de la resiliencia y más en la importancia del esfuerzo, el riesgo y el dinamismo.
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